El cáncer de la gilipollez
No somos más gilipollas porque no podemos. Sin duda.
La prueba es que en cuanto se presenta una ocasión, y podemos, somos más
gilipollas todavía. Ustedes, yo. Todos nosotros. Unos por activa y
otros por pasiva. Unos por ejercer de gilipollas compactos y rotundos en
todo nuestro esplendor, y otros por quedarnos callados para evitar
problemas, consentir con mueca sumisa y tragar como borregos -cómplices
necesarios- con cuanta gilipollez nos endiñan, con o sin vaselina.
Capaces, incluso, de adoptar la cosa como propia a fin de mimetizarnos
con el paisaje y sobrevivir, o esperar lograrlo. Olvidando -quienes lo
hayan sabido alguna vez- aquello que dijo Sócrates, o Séneca, o uno de
ésos que salían en las películas de romanos con túnica y sandalias: que
la rebeldía es el único refugio digno de la inteligencia frente a la
imbecilidad.